08 Oct El silencio también es música
En la música electrónica tenemos la tendencia a abordarla desde el punto de vista del sonido, todo lo que es posible escuchar forma parte de la composición, pero existe algo que tiene menos protagonismo, y que a su vez es muy potente: la ausencia de sonido.
Un silencio antes de que entre el bajo puede determinar la sensación que nos puede causar un tema. Un momento en el que desaparece el kick puede llegar a tener la misma tensión que añadir diez capas de percusión. Una sección casi vacía puede hacer que cuando regresa algún elemento, éste parezca mucho más grande de lo que en realidad es.
El silencio no es únicamente el límite donde se detiene la música, también es una de las herramientas con las que la música se va construyendo. Nos hemos acostumbrado a escuchar en exceso, vivimos rodeados de sonido: música mientras trabajamos, mientras conducimos, en restaurantes, tiendas, gimnasios y bares, notificaciones, videos, podcasts, anuncios. E incluso dentro de la propia música hay una tendencia hacia la acumulación: más elementos sonoros, más efectos, más volumen, más información.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.
El poder de quitar
Pensemos en una pieza musical que tarda tres minutos en establecer un groove. En un momento determinado el kick desaparece por un tiempo largo, no un segundo como producto de una expectativa de drop, sino ocho compases. Un silencio surge a partir de unos ocho compases sin el kick, ese tiempo parece enorme. El bajo, que era parte del conjunto de elementos, de repente empieza a tener una importancia mayor, aunque no haya cambiado, lo que ha cambiado es solamente lo que le rodeaba. Un sonido no tiene una intensidad absoluta, ésta tiene que ver con lo que le rodea.
Un susurro puede llamar más la atención que un grito si todo lo demás permanece en silencio, un bajo puede parecer gigante después de una sección casi vacía, una pequeña textura puede pasar a ser el eje principal simplemente por haber hecho desaparecer todo aquello que compitiera con ella.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.
El silencio crea expectativa
Hay también una relación muy potente entre el silencio y la expectativa. Cuando algo desaparece, a nuestro cerebro no le cuesta nada indagar para encontrar una respuesta del tipo: ¿qué vendrá? ¿por qué ya no está sonando? ¿cuándo volverá? Por eso un silencio puede ser un detonador de tensión.
No es imprescindible un build-up con sintetizadores ascendentes para crear una expectativa, basta incluso con eliminar algo que antes considerábamos protagonista. El silencio crea una especie de vacío que aspiramos a llenar mentalmente y cuanto más familiar era el patrón que lo precedía, más evidente es su falta. Por esta razón, dejar sin kick un track y esperar varios compases antes de volver a insertarlo es capaz de disparar una respuesta física muy notable, no porque el silencio sea espectacular, sino porque sabemos en función del patrón previo lo que debería estar sonando ahora.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.
La ausencia también tiene ritmo
Y existe otra curiosidad, que es la de pensar que el silencio también puede tener su ritmo. Si un patrón rítmico se constituye por un sonido, después silencio, sonido, después silencio, el silencio forma parte del patrón tanto como los golpes. Es más, gran parte del groove depende también de lo que no sucede: un hi-hat colocado ligeramente después del tiempo esperado, una pausa antes de una nota, el espacio entre dos sonidos. Dichas ausencias son las que crean movimiento, por eso una producción perfectamente llena se puede sentir, paradójicamente, menos rítmica que una producción en la que hay espacio. Cuando todo suena todo el tiempo, nada tiene espacio suficiente para respirar y ser escuchado con atención.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.
El espacio como instrumento
En la música electrónica, el espacio no se refiere únicamente al silencio. También está presente el espacio sonoro; que es la sensación de profundidad, de distancia y de dimensión que podemos crear mediante la reverberación, el delay, la ecualización, el paneo y otras herramientas. Un sonido puede sentirse muy cercano, otro remoto; un sonido puede ocupar el centro, otro puede desaparecer en los bordes del campo estéreo. Podemos crear la sensación de que el oyente se encuentra en el interior de una sala enorme o en el interior de una habitación pequeña, y esto es así aun cuando la cantidad de elementos utilizados en la música sea exactamente la misma.
Por eso la producción musical no consiste solamente en decidir qué sonidos utilizar, sino también en decidir dónde ubicarlos y cuán lejos los podemos dejar de los demás.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.
La cultura del volumen
En la música electrónica existe un vínculo muy fuerte con el volumen. En un club, el bajo puede sentirse; en un festival, un sinfín de personas puede experimentar de un mismo golpe la caída de la energía y el regreso de la misma, justo al mismo tiempo. Pero más volumen no tiene por qué ser siempre más emoción: ese instante en que todo se para puede ser más impactante que el instante en que todo está al máximo, pues hemos creado el contraste; y el contraste es lo que provoca que podamos percibir las diferencias de hacer silencio y hacer ruido, de estar tranquilo y estar alerta, de estar vacío y estar saturado.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.
Aprender a escuchar lo que falta
Quizá uno de los mayores placeres de la música electrónica surge cuando empezamos a escuchar, no sólo los sonidos presentes, sino también cuáles son los que faltan. Es entonces cuando llegamos a la conclusión acerca de que una producción puede estar llena de música incluso cuando parece tener muy pocos elementos en su interior, porque justamente su ausencia también puede tener propósito.
Una de las grandes diferencias que separa una canción repleta de sonidos y una composición que efectivamente sabe captar nuestra atención está en el lugar desde el cual se produce cada una: la primera pregunta “¿qué más puedo meter en esta producción?” y la segunda, “¿qué puedo quitar de ella para que lo que queda merezca más la pena escuchar?”. Y la música electrónica es eso: dejar espacio.
En un contexto que está obsesionado con captar nuestra atención cada segundo, el silencio puede llegar a ser casi radical. La música electrónica no está hecha sólo de lo que escuchamos, sino de lo que esperamos, de lo que imaginamos y de lo que momentáneamente hemos dejado de escuchar.
Podría ser que el momento más intenso de una pieza no tenga lugar cuando entra el sonido que anticipamos, sino justo en el momento anterior: ese segundo donde todo desaparece. Pues es ahí precisamente donde nuestra atención está totalmente despierta. El silencio no es la ausencia de música, sino uno de sus instrumentos.
Es comprensible pensar que si queremos crear una experiencia intensa hay que añadir elementos, pero la intensidad no tiene porqué ir necesariamente hacia la adición; a veces ocurre todo lo contrario: menos elementos a escuchar puede aumentar la atención sobre los que hay.

Dj y productora musical, label manager, locutora y productora de radio, diseñadora gráfica y web, periodista musical. :: www.veronicaelton.com
