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Desaparecer en la música electrónica es una forma de volver

Estamos en una época en la que parece que el artista electrónico debe existir todo el tiempo: nuevo track, nueva colaboración, nueva foto, nueva playlist, nueva entrevista, nuevo festival, nuevo contenido para redes sociales… la lógica parece ser muy básica: si desapareces, te olvidan. No obstante, tal vez esa lógica sea errónea. En una industria en la que millones de canciones compiten cada día por un segundo de nuestra atención, ser visible todo el tiempo puede acabar teniendo justo el efecto contrario: la exposición pasa a ser ruido, la presencia deja de ser especial y, paradójicamente, desaparecer puede llegar a convertirse en una manera de volver a ser escuchado. Queda por ver en tal caso si la ausencia puede llegar a ser una estrategia para aumentar el valor del artista.

Cuando estar en todas partes significa estar en ninguna

El dilema de la música electrónica actualmente no es que falte música, sino que hay exceso de ella. Tenemos acceso ilimitado a catálogos completos, sesiones, remixes, lives, entrevistas, lanzamientos. Un artista puede colgar una canción hoy y al instante compite con miles de canciones nuevas, la velocidad del lanzamiento es brutal y eso ha cambiado nuestra relación con la música. Cuando esperar un disco podía en algunos casos convertirse en parte de la experiencia, hoy también esperar se convierte en un error de la estrategia. Las plataformas quieren actividad, los algoritmos quieren novedades, las redes sociales quieren frecuencia, la industria quiere conversación. Pero quizás el arte musical necesita exactamente lo contrario: esperar para que pueda ser extrañado.

Sasha y el valor de crear música sin correr

Un ejemplo importante es el de Sasha. Su relevancia en la escena global como artista electrónico no está necesariamente relacionada con la producción original constante. Su segundo álbum de estudio Airdrawndagger apareció en 2002 y su tercer álbum de estudio Scene Delete en 2016, pasaron catorce años desde una entrega de música original a otra, y aunque se mantuvo activo publicando compilaciones, la espera por música original del artista fue compensada con un disco caracterizado por un cambio brutal en relación con buena parte de su trabajo vinculado al progressive house.

En lugar de intentar repetir lo que la audiencia se imaginaba, Sasha presentó una obra mucho más atmosférica y reflexiva. El tiempo que había pasado había generado una expectativa, pero el regreso no consistió en volver a ofrecer un «más de lo mismo». Regresó distinto y esta es una de las claves: guardar silencio funciona cuando hay una modificación.

La ausencia necesita una razón, no publicar música durante varios años no convierte automáticamente a nadie en interesante, un artista desconocido que ha desaparecido de un instante a otro puede simplemente desaparecer, nadie lo espera. Pero para un artista que ha construido una identidad potente, el silencio produce otra reacción: ¿qué estará haciendo?, ¿cómo sonará ahora?. La ausencia crea preguntas y las preguntas generan expectativa.

Boards of Canada: años de silencio

Boards of Canada son otro caso muy curioso; entre la publicación de The Campfire Headphase, que salió a la luz en 2005, y su regreso en forma de Tomorrow’s Harvest pasaron ocho años, guardaron un nuevo silencio y finalmente volvieron trece años más tarde con Inferno. En cada regreso el dúo escocés llegó a un mundo totalmente nuevo. La escena de 2013 no tenía lo mismo que veías en 2005 ni lo que vemos ahora en 2026; los productores, las plataformas, los géneros y las maneras de descubrir la música se han modificado significativamente. Sin embargo, el hecho de que regresaran años después, no provocó que el grupo perdiera toda relevancia, sino que hicieron uso de ese silencio que produjo un efecto distinto en el tiempo, logrando conservar el misterio. La música fue lo importante a su regreso, la nostalgia anhela distancia.

Hay también un argumento psicológico detrás de esto: cuando algo está permanentemente presente, nos adaptamos a eso y su exposición va aminorando la sensación de novedad. Pero cuando algo desaparece nuestra relación con eso cambia totalmente: empezamos a recordar, llegamos a idealizar y, al final, aquello que era normal mientras estaba en la escena ahora se transforma en extraordinario. Esto le sucede a la música que estamos acostumbrados a escuchar, un track que en el año 2010 era interesante se puede transformar diez años después en una referencia, un sonido que parecía antiguo puede volver a recuperarse, un artista que había dejado de publicar va cobrando una imagen más mística… la distancia cambia nuestra percepción.

Plastikman: desaparecer para cambiar de identidad

El caso de Plastikman, el proyecto de Richie Hawtin, permite ver otra posibilidad, pues después de años de asociación con una estética minimalista, realmente vinculada a la cultura techno, el proyecto volvió a la vida con EX, álbum de 2014 que apareció después de una larga travesía sin nuevo álbum de estudio bajo ese nombre. Este regreso no solo fue musical, estuvo unido a la propuesta audiovisual conjuntamente desarrollada con el arquitecto y diseñador Murat Ozgen, el cual convirtió las presentaciones en una experiencia inmersiva.

Paradójicamente, la ausencia no sirvió para generar expectativa, sino que sirvió para replantear el proyecto: el artista no reaparecía para demostrar que todavía podía hacer lo mismo, sino para demostrar que podía hacer algo diferente.

El problema de publicar demasiado

Intentemos imaginar dos situaciones. En la primera el productor lanza una canción cada tres semanas, cada canción tiene una campaña, cada tema tiene un teaser, después viene un remix, una colaboración, otro tema, un DJ set, un nuevo lanzamiento… al cabo de un año tenemos decenas de contenidos relacionadas con el artista. En el segundo caso el productor trabaja durante dos años y una vez que termina presenta su álbum. ¿Cuál de los dos lanzamientos puede sentirse más en un acontecimiento? No hay una respuesta única, pero sí existe una diferencia: el segundo tiene espacio para ser esperado.

La cultura de la frecuencia ha cambiado incluso nuestro concepto de artista, la presencia de las redes sociales ha impuesto una nueva exigencia: un artista electrónico no sólo debe crear música, debe generar presencia, tiene que seguir estando visible (poner en escena su estudio, colgar fragmentos de música, colgar fotos, anunciar fechas, contestar, comentar, participar).

El problema es que todo eso puede acabar confundiendo dos cosas completamente distintas: ser relevante y ser visible. No son lo mismo. Se puede ser altamente visible y no tener nada que contar, y también se puede ser relativamente invisible y seguir siendo profundamente influyente.

La ausencia puede proteger una identidad

Hay un segundo motivo que puede explicar por qué hay artistas que pueden llegar a desaparecer: el público tiene expectativas. Si un artista logra éxito con determinado tipo de sonido, la demanda se produce automáticamente: haz otra canción así, luego otra, luego otra… el éxito puede resultar ser una prisión.

La ausencia permite romper temporalmente esta relación. El artista electrónico puede experimentar sin tener que demostrar de inmediato que el experimento funciona, puede errar, cambiar, escuchar otras cosas y volver cuando ha alcanzado una nueva respuesta.

¿Por qué algunos regresos se sienten tan importantes?

Porque contienen una historia, hay un antes, luego viene el silencio, y finalmente hay un después. Un lanzamiento normal sólo tiene un presente, un regreso tiene una memoria. Cuando un artista vuelve después de años, oímos la nueva música comparada con aquella que recordamos. Eso transforma cada sonido en una charla entre pasado y presente, el regreso no es solo: esta es mi nueva canción, significa: esto es lo que soy después de haber desaparecido. El verdadero valor de desaparecer no consiste en hacer que el público te eche de menos, consiste en darte las condiciones necesarias como para convertirte en alguien que valga la pena volver a escuchar.

Pero la ausencia también puede salir mal, no la tenemos que ver con romanticismo. Muchos artistas desaparecen y no vuelven, otros vuelven y se dan cuenta de que el público ya se les ha ido, hay algunos que dejan pasar demasiado tiempo, otros simplemente son olvidados porque la escena ha cambiado. La ausencia no es una estrategia segura, implica un riesgo muy grande y por eso puede ser muy valiosa. Si sabes que puedes ser olvidado, desaparecer supone confiar.

¿Qué haces mientras nadie te está mirando?

Tal vez esta sea la parte más crucial, el hecho de desaparecer no significa dejar de crear, significa dejar de mostrar. Un artista electrónico puede estar trabajando en algo durante años, con cosas que no están todavía listas para revelarse al público. Así puede experimentar con nuevas herramientas, cambiar de sonido, escuchar otra escena, componer sin pensar en el algoritmo, dejar que madure una idea. Y cuando el público finalmente ve esa creación, ya no ve los años de silencio y trabajo que han llevado hasta ella.

En una época que se ha obsesionado por el contenido, el silencio puede convertirse en un lujo, la industria del presente nos ha hecho creer que perder atención es perder relevancia. Pero tal vez haya otra forma de mirarlo: la atención constante tiene rendimientos decrecientes. Cuanto más contenido generamos, menos importante se vuelve cada pieza, y por eso algunos artistas pueden beneficiarse de hacer precisamente lo contrario: no publicarlo, no explicarlo, no aparecer siempre, no convertir cada sesión de estudio en contenido, dejar que exista algo fuera de internet.

Desaparecer para ser escuchado

La música precisa de algo que las plataformas no son capaces de poder medir de forma fácil, la expectativa. Un artista que tiene una presencia permanente, acaba siendo incluso competencia de sí mismo, pero si un artista desaparece el flujo del contenido se interrumpe y entonces puede pasar algo insospechado: volvemos a escuchar su música del pasado, recordamos por qué nos gustaba, nos preguntamos qué estará haciendo hoy, qué ha hecho en los meses de su ausencia y cuando aparece algo nuevo la atención se recupera.

Quizás esa es la verdadera razón de la necesidad de desaparecer de algunos artistas: no para que los extrañemos, sino para recuperar la posibilidad de sorprendernos. En una cultura donde todos parecen tener algo que decir todos los días, guardar silencio puede ser una forma de recuperar el significado de hablar. Y quizás el verdadero lujo de un artista electrónico de hoy en día no sea el mantener la atención del público permanentemente, sino conseguir que después de varios años sin aparecer, aún queramos saber qué tiene que decir.